La magnitud del silencio 

Dos voces hablan en un bosque sin descubrir, a suficiente altura los colores se oyen con claridad, y en los bordes el eco trastoca las vestiduras del espejismo de la luna.

En la noche permanente hay una brasa que, redundante, se aviva con el toque del viento, una luz de baja intensidad, faro en la penumbra para los ciegos del invierno residente. Como el ruido que nadie escucha, la nota dominante, en las montañas de cadáveres de la noche inmensa, inunda el valle. Después, el murmullo contaminado que ignora su veneno se esparce por la ribera y anida en los árboles y las cuevas del régimen adiós, se come al viento y la luz naranja se desvanece un poco más.

No hay sendero. Tan sólo cerca del cielo las aves conocen el rumbo que toma el áspero quejido. Sin ojos, diciendo algo sobre la llama convertida en brasa. El frío hiela y el último brillo se vuela con el viento y se pinta gris. Inicia el silencio estridente.

La última nota se sostiene y el instante permanece. El eco retumba doblando varias veces la hierba y removiendo la tierra. La última nota se aparta y el instante permanece. El vacío rompe cualquier ruido similar al humo, y se queda el paso libre para la partícula gris que flota aún caliente. La onda de silencio domina sobre el ruido. Un suspiro y dos minutos de vacío. Tan sólo cerca del cielo las aves conocerán el alcance del silencio.

Aves_CH

Sufrida maquinaria estafadora del tiempo, demonio servil que persigue al hombre triste, luz tenue como de luna que ilumina caminos a los que nadie puso atención, andando como un tren parajes simples que ensucia con su atisbo inevitable de melancolía. Gotas de tinta que roba al viento para escribir detalles jugando sucio al azul del cielo. Mientes sobre lo que hay y gozas con ello, irreverente maquinaria de sufrimiento, condenada a filtrar los sueños entre los paisajes agotados, faltos de color, polvos del desierto.

Complicado artefacto de funcionamiento simple, quien esconde las cartas de un juego terrible, desordenado, perdido, capturado. Tanto ayer que debió quedarse en vagas sensaciones de temor y precauciones, pero el andante oscurecido toma de la capa del tiempo recortes diversos para la enfermiza colección acerca de su muerte. Conservas para su placer en los momentos tristes, droga suave que inhabilita el volver a caminar hacia los nuevos soles, como telarañas en tu habitación, blanco y negro mensaje, cuarto oscuro silente que no te mata si le regalas tus ojos, tus ojos y tu piel, aspereza o suavidad, el aroma te lo quedas tantos muertos no huelen bien, virtualidad que va matando el latente brote en el campo llano, petrificado, en el muro impregnado de tanto ayer.

Los distantes  

 

 

Un día simplemente nos dimos cuenta, aparecimos en medio de un lugar escabroso, el sendero de las víboras y el único camino. Crecer desdeñando lo esencial, forjando el metal de nuestras cadenas, mirando al suelo permanentemente.

Cuando las cosas empezaron a ir mal, las explicaciones nos dejaron tirados en el bosque, todos por separado, ciegos y escupiendo al cielo. Nos quedaron cortas las páginas y los paradigmas que maquinaron la luz artificial de los distantes.

Nos quedamos callados, contemplando las sombras y otros cuerpos vencidos por el absurdo. Escondidos en los huecos oscuros del bosque siempre otoñal crecimos melancólicos. Qué desagradable ausencia, y qué misterio.

Como la fe, helada y ausente, van cambiando de lugar los astros en el cielo y los arroyos creciendo unos días y otros volviéndose desierto. Y los distantes nos observan, queriendo paliar la incertidumbre, queriendo paliar la poesía, callar de por sí al silencio.